OPINION
El euro, el real y nuestro peso
12 de Diciembre de 2010 07:48:32 | Escribe Javier Gonzalez Fraga
Los acontecimientos de las últimas semanas han vuelto a mostrar las
insospechadas relaciones entre nuestra moneda y los avatares de la
economía internacional.
La crisis del euro vuelve a estar en la mente de los operadores de los
mercados financieros internacionales. Ya no alcanzan los anuncios de
nuevos fondos de rescate, ni de nuevas medidas de ajuste. La lógica de
los mercados, dominados por especuladores, es muy perversa, pero también
muy sabia, y tiende a autojustificarse.
Cada día está más claro que los fondos de rescate no tienen como
propósito otra cosa que el pago de las deudas con los bancos, y que poco
les importa que la economía en cuestión vuelva a crecer, ni que los
niveles de empleo caigan.
De lo que se trata con los ajustes y los préstamos de las instituciones
gubernamentales es lograr salvar a los que fabricaron las burbujas
inmobiliarias y financieras atraídos por las expectativas de apreciación
de activos.
Experiencia. Esta lógica se completa con las
lecciones de la experiencia de nuestro país, tan frecuentemente citado
en los últimos días por la prensa internacional, y los artículos en
revistas especializadas (ver especialmente el artículo de Dean Baker en
The Guardian del 26 de noviembre pasado).
Estas lecciones son fundamentalmente tres:
1. Las políticas de ajuste sólo agravan la situación porque generan más
recesión, debilitando las cuentas fiscales, y las posibilidades de
repago de las deudas públicas y privadas.
2. Los mayores costos sociales se reflejan en un deterioro político del
equipo en el Gobierno, lo que abre la expectativa de que accedan nuevas
administraciones, con menor voluntad de honrar las deudas y/o de
mantener las reglas cambiarias (el euro en el caso europeo, o la
Convertibilidad en el caso de nuestro país). Por eso no se generan las
respuestas correctas de los mercados ante los anuncios de ajuste.
3. Una vez que la deuda se defaultea y se abandonan los patrones
cambiarios, se crean a los pocos meses las condiciones para volver a
crecer sobre la base de exportaciones, y superar las restricciones
propias de depender de una política obsesionada por “construir
confianza”.
Esta lógica hoy domina los mercados internacionales, y alimenta las
versiones más pesimistas. ¿Cómo nos golpearía a nosotros esta
eventualidad? De varias maneras:
En primer lugar, el menor crecimiento de Europa no es un tema menor para
el resto del mundo, ya que representa el 20% del PBI global. Se trata
de un mercado importante para todos los países, incluyendo a nuestros
principales clientes, Brasil y China.
También se trata del destino principal de muchas exportaciones nuestras,
especialmente nuestras carnes, aunque las trabas que nosotros mismos
hemos impuestos a nuestras ventas de carne a Europa disimulan las
dificultades por las que atraviesa ese mercado.
Desconfianza. Pero el impacto más negativo y sorpresivo podría provenir de los movimientos financieros y cambiarios que la desconfianza sobre el euro puede generar. Yo lo vimos hace unos días, cuando se conocieron las dificultades de Irlanda; inmediatamente subió el dólar en todo el mundo como consecuencia del proceso especulativo paradójicamente llamado “huida hacia la calidad”. En pocos días el dólar se fortaleció varios centavos contra el euro, pero también contra otras monedas, como el real, e inclusive el peso de nuestro país salió de la siesta y se devaluó un par de centavos, algo que no ocurría hace varios meses.
Y todo esto ocurrió muy a pesar de los EE.UU. que quieren debilitar
su moneda para iniciar un proceso de crecimiento basado en un mayor
saldo comercial.
Si este proceso de debilidad del euro se profundiza puede constituir la
razón –¿o la excusa?–, para que Brasil corrija parcialmente la excesiva
apreciación de su moneda, que tanto niega, pero de la que tanto se habla
en el vecino país.
El problema pasaría entonces a nuestro país, como sucedió en los meses
finales del 2008.
Depreciado. Un real más devaluado les generaría a
nuestros empresarios exportadores o competidores de importaciones desde
Brasil una adicional pérdida de competitividad y de rentabilidad.
Es difícil anticipar cuál sería la respuesta de nuestro Banco Central
ante este hipotético y por ahora improbable caso.
Seguramente, bien inspirado por la necesidad de restituir la
competitividad de nuestra moneda, quiera acompañar esa movida,
acelerando el ritmo de devaluación, como rápido de reflejos lo hizo hace
dos semanas.
Pero entonces aparecerá nuestra mayor restricción de política económica:
la inflación.
Nuestra inflación está “estabilizada” en el 25% gracias al
congelamiento de las tarifas y la casi total estabilidad del tipo de
cambio, posible por el contexto de debilidad del dólar en el mundo.
La necesidad de tener que acompañar la devaluación de nuestros vecinos,
reclamada por los industriales de esos países para compensar la
apreciación de los dos últimos años, puede constituir una mezcla
complicada con nuestro proceso inflacionario.
Aún son muy bajas las probabilidades de que esto ocurra, y en Europa
toda su dirigencia trabaja para que el euro sobreviva a pesar de las
diferencias existentes entre sus socios.
No debemos subestimar este esfuerzo, ni creer que el mundo debe
atravesar las mismas experiencias que vivimos hace diez años.
Pero curar en salud siempre es conveniente, y deberíamos aprovechar este
contexto favorable para controlar la inflación, que no requiere pagar
ningún costo recesivo, y así evitar el desafío de tener que hacerlo en
un contexto de un dólar fortalecido. /perfil.com
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